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jueves, 17 de septiembre de 2009

PERSONAJE - Dr.Esteban Maradona


“El doctorcito Dios”


Le decían “Doctorcito Dios”, “Doctor Cataplasma”, “Doctorcito Esteban” ó “El médico de los pobres”.Pero la mayor distinción de las que aceptó (ya que él no aceptaba distinciones) fue la que le hicieron los Tobas del Paraje Guaycurú, en Formosa. Ellos lo llamaron “Piognak”: padre de todos.

Esteban Laureano Maradona (1895-1995) se graduó en 1928, con medalla de honor, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Fueron sus maestros, entre otros, el premio Nobel Bernardo Houssay, Pedro de Elizalde y Gregorio Aráoz Alfaro.

En 1932, al estallar la Guerra del Chaco, se alistó como “aspirante a camillero” en Asunción del Paraguay. Al terminar la contienda, ya era teniente primero médico y jefe del Hospital Naval. Pero en esa breve carrera había perdido a Aurora, su novia, víctima de la fiebre tifoidea.

Ese mismo año, exactamente un 9 de julio, cuando viajaba en tren a Salta y a Tucumán, a visitar a un hermano, un hecho cambió su vida. En el Paraje Guaycurú alguien pidió ayuda para una parturienta que agonizaba en el monte. Y allá fue entonces Maradona, el médico, en un sulky. Y en medio del monte ayudó a nacer a la niña Mercedes Almirón, que luego fue madre y abuela, y que hasta hoy lo recuerda.

Al día siguiente -10 de julio de 1935-, cuando el doctor iba a retomar el camino hacia Tucumán, una multitud de enfermos harapientos -aborígenes en su mayoría- le pidieron que los atendiera.

Y Esteban Laureano Maradona los atendió. A lo largo de cincuenta años, en su casa-consultorio de Paraje Guaycurú (hoy Estanislao del Campo), en dos habitaciones sin revocar, el piognak Maradona atendió a leprosos y chagásicos, a baleados y engangrenados, partero a la luz de la luna y pediatra sin agua corriente.

Nunca cobró una consulta. Vivió siempre de su magro sueldo de médico sanitarista. Su herencia familiar la donó a la Colonia Juan Bautista Alberdi, que así tuvo la primera escuela bilingüe, para aborígenes, de la República Argentina. Cuando el Estado le otorgó una pensión vitalicia, a su retiro, también la donó, en becas de estudio para niños formoseños.

Se levantaba y se acostaba al ritmo del sol. Y por eso (según su propia teoría) podía leer sin anteojos, aún a los 99 años.

Escribió veinte libros, en los que se alterna la observación de la naturaleza con la medicina popular y los consejos para la vida. Sólo dos de esos libros han sido publicados en nuestro país. Del resto se está ocupando la Universidad de Kentucky, Estados Unidos (claro que son versiones en idioma inglés).

Gustaba usar traje negro, pañuelo blanco al cuello y sombrero lapacho (“sombrero triste, de orejas caídas, como el que usó San Martín cuando cruzó los Andes”).

Unas palabras que deslizó en un reportaje, en Rosario, podrían servir para su epitafio: “Con el oxígeno del aire y el agua que viene del cielo me basta. No tengo motivos de queja”.

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