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miércoles, 22 de septiembre de 2010

RAY CHARLES

Ray Charles Robinson nació el 23 de septiembre de 1930 en Albany, Georgia, quedó ciego desde los seis años por glaucoma y fue a parar a un orfanato a los 15, cuando murió su madre. Sin embargo, convivió con la música desde los 3 años, siempre autodidacta. “Nací con la música dentro mío. Es la única explicación que puedo dar”, escribió en su autobiografía Brother Ray, publicada en 1978. “La música es una de las partes de mi cuerpo... Como mi sangre. Y es tan necesaria como la comida o el agua.”
En vida, ganó 12 premios Grammy entre 1960 y 1966, incluyendo el correspondiente a “mejor grabación de R&B” durante tres años consecutivos por Hit the road Jack, I can’t stop loving you y Busted.
Como intérprete, compositor, pianista y productor merece un lugar en la gran historia de la música de Estados Unidos (y de allí al mundo) del siglo XX. Aun a pesar de su ceguera desde los seis años, tuvo la clarividencia y talento necesarios para conjugar con su personalísimo estilo vocal y al piano, el gran libro americano de la canción en todos los géneros: del soul y el jazz, al country y el rock. Su voz, inolvidable, se disparaba desde su registro de barítono hacia todas las direcciones, pero estaba profundamente enraizada en el blues, como un digno representante de la dinastía de músicos negros que hicieron esa historia. Basta con nombrar tres canciones para entender por qué: Giorgia in my mind, What I say, I can’t stop loving you. La lista podría continuar, y sólo habría que agregar que dos de las figuras más grandes del siglo pasado, Billie Holliday y Elvis Presley, le debieron buena parte del primer aprendizaje e influencia. En esta reseña habría que agregar otros grandes como Ottis Redding, Wilson Pickett y Aretha Franklin, todos continuadores de su estela artística.
Ray Charles vino a Buenos Aires tres veces: en 1970 y 1992, claramente en dos momentos muy distintos de la Argentina, se presentó en el teatro Gran Rex. Aquella primera vez, cuando la cultura del espectáculo internacional no estaba debidamente desarrollada en el país, tuvo sus problemas: según publicó en su crónica la revista Siete Días, hubo una problemática conferencia de prensa “moderada” por el locutor Julio Lagos, en donde se prohibió preguntar por “drogas, pichicatas, fumos y otras yerbas parecidas” (textual de un coordinador del evento). En aquel momento, todavía eran recientes sus problemas de adicción a la heroína que lo llevaron al punto más bajo de su carrera, cuando fue arrestado en 1965 en el aeropuerto de Boston. Antes, en la mañana de aquel día de noviembre de 1970, un aprendiz de paparazzo se había colado en el piso de la habitación que ocupaba en el Hotel Presidente y fue desalojado de mala manera por celosos guardaespaldas. Más tarde, luego de los dos shows, declaró que “el público argentino tocó mi corazón”. Su segunda visita, en 1990, también resultó inolvidable pero por motivos contrarios a los esperados. Hubo notorios problemas de sonido que imposibilitaron que su piano sonara bien siquiera en las primeras filas (en donde estaban notorios músicos locales como León Gieco y Fito Páez) y su voz, apenas se dejó escuchar. Los medios dedicaron buena parte de sus reseñas del show a tratar de explicar qué había pasado: según explicaban los técnicos argentinos, Charles había pedido no amplificar nada, ni la batería ni la guitarra eléctrica. Sólo la voz, en busca de “intimidad”. Historias y polémicas pasadas al margen, quedó el aura de su inmensa figura que hechizó a quienes tuvieron el privilegio de verlo en vivo.
Ciertos trazos biográficos revelan una vida difícil, a pesar de la cual supo construirse a sí mismo como una leyenda.

Por Esteban Pintos
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