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jueves, 26 de mayo de 2011

JUANA MANUELA GORRITI

Una de las figuras femeninas más originales e interesantes de nuestra literatura es doña Juana Manuela Gorriti. Temperamento independiente, tan raro en una mujer de su época, sostenido gracias a la contribución de un gran carácter y adornado de talento y brillante imaginación.
Nació nuestra novelista en la provincia de Salta, el 15 de junio de 1819. Provenía de una encumbrada familia. Fueron sus padres el ilustre militar y gobernante, doctor José Ignacio Gorriti, guerrero de la independencia y opositor de los caudillos, y doña Feliciana Zuviría, su digna compañera. Era por lo tanto sobrina del popular guerrillero Pachi Gorriti y de otro cultísimo patriota y hombre de letras, el sacerdote doctor Juan Ignacio Gorriti. De sus familiares heredó la disposición a las letras y las virtudes patricias, y junto a ellos, en la angustia de las luchas, el destierro y la pobreza templó el noble metal de su alma.
Hizo los primeros estudios en el convento de las monjas Salesas de su provincia natal y pasó luego a La Paz donde había de encontrar refugio la familia desterrada. Casó allí con don Manuel Isidoro Belzú, caudillo militar de Bolivia que llegó a ser presidente del país murió asesinado a raíz de una de las tantas revoluciones que dirigiera. Doña Manuela tuvo que separarse de su marido desafiando los más estrechos prejuicios y, haciendo gala de una entereza a toda prueba marchó a Lima con sus hijos, a rehacer su vida. Allí debió luchar duramente al principio dedicándose a la enseñanza hasta que logró labrarse cierta posición, a la par que renombre literario y un escogido círculo de amigos entre los más destacados intelectuales del Perú.
Regresó a Bolivia a tiempo para recoger el cadáver de su esposo. Y en 1865 la tenemos de nuevo en Lima, reina espiritual del salón literario, querida y admiradas por todos. Su popularidad aumenta cuando en 1866 presta abnegadamente su concurso cuidando los heridos en el sitio de Callao, bajo la dirección del general Prado. Continúa en Lima por un largo período en que desarrolla paralelas actividades literarias, docentes y sociales. Sobreviene la guerra chileno-peruana que siembra el desconsuelo en Lima y encuentra a nuestra escritora ya fatigada y envejecida. Llamada por los amigos y admiradores de la tierra natal resuelve volver al país y llega a Buenos Aires en 1884. Se la recibió con gran cariño, siguió escribiendo y editó la mayor parte de sus libros. Rodeada por otras hermanas en las letras y los hombres más conspicuos, transcurren aquí plácidamente sus últimos años hasta que muere el 6 de noviembre de 1892. En su tumba habló el poeta Guido y Spano, un diplomático peruano y otras destacadas personalidades.