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miércoles, 7 de julio de 2010

EL TABARÍS, ÉSE INOLVIDABLE CABARET

Eran los tiempos de “tirar manteca al techo”, cuando Buenos Aires copiaba escandalosamente los aires parisinos y los personajes europeos engalanaban sus noches. Nace el Tabaris, sobre Corrientes, la calle del trasnochador porteño, convirtiéndose en el lugar más elegante y exclusivo. La clase alta, los bohemios, los turistas ingresaban de riguroso traje, smoking o vestidos largos y se deleitaban con el infaltable champagne francés. En esta atmósfera el Tabaris se convierte en el emblemático cabaret de lujo y de melancólica frivolidad.

Una euforia de posguerra teñía la década del ‘20.
El mítico cabaret –ese lugar de divertimento y placer– nacía con el Folies Bergère (1886), en el París de finales del siglo XIX. Guy de Maupassant en Bel Ami o Manet en Le Bar de Folies Bergère o la presencia de La Bella Otero sobre su escenario, perpetuarían esa imagen de alocada bohemia. Berlín creaba sus propios centros nocturnos, mientras algunos años más tarde –del otro lado del Atlántico– el Tabarís abría sus puertas en Buenos Aires el 7 de Julio de 1924.
Este se manifiesta como un auténtico signo de época; donde la bonanza económica de distinguidos sectores sociales (habitué de la vieja Europa) se unía al desarrollo arquitectónico de una ciudad en expansión –mosaico de nativos e inmigrantes- y por ende a la multiplicación de sus acontecimientos artísticos y culturales.
Es en el Tabarís, sobre Corrientes al 800 entre Suipacha y Esmeralda, donde se instala una significativa porción de la nocturna bohemia porteña.
Se dice que la noche de su inauguración fue inolvidable. Al fallar la calefacción, los invitados cenaron con sus sobretodos puestos.
Sinónimo de elegancia y buen gusto, su lema era el respeto a su clientela que acudía en busca de su refinada gastronomía.
La planta baja era el obligado salón de baile y lugar de cenas y agasajos, con el infaltable champagne francés. La clase alta porteña, los bohemios, los turistas y los visitantes ilustres ingresaban de riguroso traje, smoking y vestidos largos. Esmeraldas y brillantes hacían su ostentación en las damas presentes. Una copa equivalía a casi medio sueldo de un empleado raso. El Tabarís era lo más, lo exclusivo, lo deseado… un podio de difícil y selecto acceso.
La parte superior albergaba los palcos y reservados. Cubiertos por finos cortinados de brocados, mantenían a resguardo de inoportunas miradas, la presencia asidua de las cocottes con sus acompañantes.

Espectáculos de diversos géneros se presentaban sobre un escenario levadizo. Entre plumas, reflectores, lentejuelas, strass y estilizados cuerpos de época, el varietté, los números vivos y acrobáticos, el music hall y el tango se manifestaban con su desenfrenada ansia de reconocimiento popular, arrastrando su cuota de melancólica frivolidad, alimentada por aires propios y foráneos en una alquimia de sensualidad identificatoria.
La década del 20 está atravesada por una fuerte presencia de la literatura con la creación de grupos como Boedo y Florida, -Arlt, Barletta, Discépolo, Marechal, Borges, Mallea-; la plástica con el cubismo de Xul Solar; la incidencia del surrealismo de André Breton; las publicaciones donde participan, literatos, escultores, arquitectos y pintores, - Raquel Forner, Pettoruti, Basaldúa-; la música, donde el tango se adueña de la noche porteña y la aparición de decenas de teatros y cines.
En esta atmósfera nace, respira y crece el Tabarís, cabaret de lujo emblemático y cosmopolita. Actuaron en él Josephine Baker –en pleno apogeo- y la Mistinguette, haciendo gala de sus piernas sin igual. Elencos y figuras locales y extranjeros se alternaban en un vertiginoso frenesí que más tarde daría lugar a la Revista.
La presencia de Eduardo de Windsor (Príncipe de Gales), Orson Welles, Maurice Chevalier, Luigi Pirandello, Carlos Gardel, Federico García Lorca y hasta el Maharajá de Kapurtala con sus catadores reales –entre tantos otros-, engalanaron sus noches.

Alicia Lombardelli / Periodista
www.elarcadigital.com.ar

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